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El viento que agita las mareas

Tras la famosa etiqueta del 15M, encontramos miles de expresiones ciudadanas en constante transformación. Réplicas de un terremoto de alta intensidad ciudadana, que tiene sus picos más fuertes en plataformas ciudadanas como la PAH. Sin duda la muestra más clara y palpable de que la calle y el entorno digital se pueden fundir en un solo nodo.  Aquí no hay fórmula secretas, sino buenas dosis de justicia social, lucha por los derechos, participación, toma de conciencia, herramientas para el empoderamiento de las personas afectadas y mucha comunicación adaptada a cada red,  como ingredientes básico para que cada una de sus campañas haga temblar los cimientos del sistema financiero.

Tanto, que la respuesta que han encontrado de los de arriba ha sido inversamente proporcional en España y en la UE: mientras en nuestro país algunos políticos los tacharon de “filoterroristas” , en el Parlamento Europeo vieron a un movimiento merecedor del Premio Ciudadano Europeo 2013 . Y es que su estrategia daría para rellenar manuales enteros de cómo hacer confluir participación y empoderamiento, tanto en el mundo real como en el virtual.

La enorme repolitización social ayuda a que la participación en comunidades afines vaya creciendo exponencialmente y se vaya filtrando en forma de marea ciudadana por sectores que antes parecían impenetrables: sanidad, educación, ciencia, cultura, agua, transparencia… El periodista Juanlu Sánchez explica la “descongelación” de profesionales que hasta ahora permanecían ajenos a esta participación en red en su libro de ‘Las 10 mareas’. Sirva como ejemplo el personal sanitario, que frente a la ola privatizadora de la Comunidad de Madrid, ha sufrido un deshielo espontáneo en forma de marea blanca. Un movimiento que se retroalimenta con manifestaciones, consultas ciudadanas y asambleas, pero también con documentos colaborativos, acciones para visibilizar la lucha a modo de Trending Topic y ADN abierto, autogestionado y descentralizado.

Mareas que avanzan lenta, pero inexorablemente. Que a veces parecen en retroceso, pero que siempre están ahí para que todo el mundo pueda mojarse. Mareas que permiten pensar globalmente y actuar localmente, superando con acciones de calle la famosa brecha digital. Mareas que traspasan fronteras en forma de iniciativas ciudadanas europeas por el Derecho al Agua (#Right2Water) y por una Renta Básica Universal (#basicincome), grrandes diques de contención frente al maremoto de la deuda de la Troika. Y puestos a soñar, por qué no pensar que también es posible luchar por esos mismos derechos con la ciudadanía activa de África, Latinoamérica, Asia… La historia nos demuestra reiteradamente que lo que pasa allí nunca nos será ajeno, por mucho que nos quieran narcotizar otra vez con burbujas sin sentido.

Evidentemente la tecnología no es la fórmula milagrosa que curará todos nuestros males. Pero indudablemente las TIC facilitar cambios. Desde quienes utilizan la minería de datos para señalar las relaciones tras las puertas del poder (‘¿Quién Manda?’, Fundación Civio), hasta quienes trabajan en crear una memoria colectiva para que la historia no sea siempre contada por los mismos, sino que “escrita por todos”, filosofía que subyace en wikis como 15Mpedia.

Y a todo esto, ¿dónde quedan las ONG?, como se pregunta Jaume Albaigès en otro artículo de este especial. Trataré de aportar mi visión a este interminable debate. Organizaciones que nacieron con la vocación de representar a la sociedad civil, no han sabido recoger el testigo precisamente cuando más se necesita su experiencia. Es cierto que de las más de ciento y pico ONG, hay posicionamientos para todos los gustos, pero el sentimiento generalizado es que hay que buscar la fórmula para reconectar con la sociedad (si es que alguna vez existió tal conexión). Si hay algo que tiene el Tercer Sector es capacidad de autocrítica y profesionales que ya forman parte a título individual de esta marea humana. Hace unos meses escribí un del evento Social TIC, titulando de la siguiente forma: ‘Activarse o no, esa es la cuestión’. Pues la cuestión no ha cambiado, ni para personas particulares ni para organizaciones. Tenemos todos los ingredientes e incluso la tecnología para no quedarnos impasibles y colaborar en esta lucha a corazón abierto por los bienes comunes. La cuestión es mojarse, cooperar, dejar la loguitis a un lado. La cuestión, en definitiva, es subirse a la ola crowd (colectiva) para que esta marea participativa sea cada vez más imparable.

#OccupyGezi ya no es tendencia… regresa a #Tahrir

De revuelta en revuelta y tiro porque me toca. Se suele decir que con las redes sociales e Internet podemos ser más libres y gestionar nuestros propios medios. Algo que podemos comprobar ciertamente en la mayoría de acontecimientos que desbordan nuestro conocimiento de causa en cada conato de revuelta global. Pero lo cierto es que devoramos revoluciones sin masticarlas y sin pasar por la casilla de salida. Del efecto #OccupyGezi pasamos sin previo aviso a #PasseLlivre y de ahí directamente nuevamente a la plaza #Tahrir, para volver a una primavera árabe que ya dan por marchita sin apenas dejar que eche raíces.

Ilustración #OccupyGezi via Khalid Albaih

Ilustración #OccupyGezi via Khalid Albaih

Mucho se habla del efecto Twitter y su capacidad para movilizar, pero muy poco de burbujas mediáticas que todavía no hemos aprendido a controlar. Las protestas de Turquía fueron inmediatamente vistas como una nueva chispa que podría encender nuevamente la ola de indignación en todo el mundo, especialmente cuando acto seguido parecía que la marea llegaba a las calles de Brasil y de allí retornaba como un tsunami a Tahrir, 2 años y medio después de salir del foco mediático y de las redes. No es fácil, llevamos décadas e incluso siglos de arraigo a una agenda setting marcada por intereses poco periodísticos. Tenemos herramientas para rebelarnos al oligopilio informativo de las grandes agencias. Escarbar en red colectivamente con el denominado #crowdsourcing puede ser la mejor estrategia de lucha contra la desinformación global.

Es cierto que puede llevar años e incluso décadas cortar el arraigo a este mundo de comunicación unilateral, cuyo daño colateral más visible ha sido una ciudadanía impasible e insensible. Las protestas de Turquía, Brasil y Egipto solo son las últimas víctimas de un mundo de tendencias que apresuradamente se entierran en el baúl de los olvidos. Lo cierto es que ahora más que nunca, precisamente cuando más precarizan la profesión, necesitamos periodistas para mantener viva la chispa de la información y contextualizar lo que está pasando, para que ciudadanas particulares como Carla Dauden no sean el paradigma viral del análisis informativo.

En nuestro país, sin ir más lejos, contamos con grandes periodistas que arriesgan sus vidas para contar aquello que normalmente resulta de escaso interés a las empresas informativas, más propensas a alimentar ese periodismo de paracaídas y fuegos de artificios como los que vivimos en Irak. ¿Cómo superar la barrera de un periodismo internacional penosamente infravalorado y que jerarquiza la información de países de primera a última fila? Quizás sea el momento de financiar colectivamente ese periodismo más independiente que está esparciendo sus semillas en múltiples proyectos a lo largo y ancho de toda la red.

Desde Turquía, Brasil y Egipto recibimos señales inequívocas de que cada vez más hay profesionales que están trabajando ya en esta enorme red colaborativa al servicio del procomún informativo. Como el blog en castellano Occupy Gezi Info, desde el cual nos siguen asomando al parque más popular de Estambul a través de imágenes, vídeos, reflexiones, noticias y análisis con código #OccupyGezi. Blog que posteriormente ha tenido su réplica en Brasil en Lucha , un país que no habrá que perder de vista ante la tormenta perfecta que se avecina en los próximos años con la celebración del Mundial y los Juegos Olímpicos, y con un epicentro mundial que no habrá que volver a perder de vista gracias a plataformas como La Plaza Tahrir.

No son los únicos, ni tampoco los primeros, pero sí son un buen ejemplo en español de ese interés creciente por saber lo que pasa en este mundo revuelto. Aunque sin periodistas de verdad que los rieguen, no habrá revolución informativa. Quizás sembrando semillas contra la desinformación, lograríamos que nuestros viajes de regreso no fueran tan desconcertantes como el vivido en Tahrir…

 

Planting Democracy in Tahrir - Carlos Latuff via Wikicommons

Planting Democracy in Tahrir – Carlos Latuff via Wikicommons