Túnez: Desafíos y esperanzas en el comienzo de la ‘revolución’

Túnez se ha convertido en el epicentro de las rebeliones populares que están poniendo en jaque a gran parte de sus vecinos árabes del norte de África y Oriente Medio. Este pequeño país ha pasado de ser prácticamente un gran desconocido a centrar gran parte de atención mediática hasta que Egipto lo sacó del mapa de la agenda mediática. Una vez superado el entusiasmo inicial de la caída del régimen de Zine el Abidini Ben Ali, el pueblo tunecino es consciente de que aún queda mucho camino por recorrer para que se pueda hablar de una revolución.

Los desafíos que deberán afrontar a partir de ahora son múltiples, desde consolidar un gobierno de transición que tenga credibilidad popular, algo que no ocurre en la actualidad, hasta afianzar una clase política que ha estado marginada en estos últimos 23 años, recuperar el movimiento asociativo y sindical o afrontar la severa crisis económica que provocó el levantamiento de una juventud que no soportaba más el desempleo, el alza de precios constante de productos de primera necesidad, así como el nepotismo, la represión y la corrupción de su clase dominante, que les habían negado cualquier proyecto de futuro.

Con estos antecedentes es normal el temor de la población en que la revolución caiga en saco roto debido a los grandes intereses existentes en mantener el orden establecido. “La batalla por dividir al pueblo tunecino comienza con la instrumentalización de regionalismos que supuestamente enfrentarían los intereses de distintas zonas del país.”, comenta el abogado tunecino Mohamed Ali Khelil en un texto publicado por la organización tunecina Nawaat. Frente a estas campañas desalentadoras, sobresalen manifestaciones como las de Sfax, donde “se congregaron 80.000 personas y luego la ciudad quedó paralizada por una huelga general”, afirma el periodista tunecino Fahem Boukadous.

A esto hay que sumar los episodios de violencia que se vienen produciendo desde que cayera el régimen. Entre la población existe la convicción de que detrás de los saqueos, asesinatos y amenazas se encuentran milicias del régimen de Ben Ali, que apuran sus opciones de mantener sus privilegios a costa de las demandas mayoritarias del pueblo. “El régimen sigue ahí, no sólo dentro de la policía y el aparato estatal, sino también en los medios de comunicación y en Internet”, alerta Boukadous.

Hay un temor generalizado a que determinadas facciones traten de confiscar los espacios ganados por la sociedad civil. El autoproclamado Gobierno de unidad nacional, en el que están representadas las fuerzas políticas que estaban legalizadas, quiere dar la sensación de que se está trabajando por el cambio con la configuración de comisiones de reforma política, de investigación y de lucha contra la corrupción. “Se trata de comisiones técnicas en las que no ha habido ningún tipo de consulta a la población. ¿Por qué limitar las investigaciones a los hechos del último mes cuando las torturas y asesinatos vienen ocurriendo desde hace años?”, se pregunta Kamel Jendoubi, portavoz del Comité por el Respeto de las Libertades y los Derechos Humanos en Túnez (CRLDHT) y presidente de la Red Euromediterránea de Derechos Humanos, ante el auditorio de la Casa Árabe de Madrid (puedes ver el vídeo de la conferencia ‘Hacia dónde va Túnez’). A esto se une el descrédito que ha supuesto la presencia de varios ministros del régimen benalista que poco a poco se vieron forzados a dimitir por la presión de la calle, aunque el primer ministro, Mohammed Ghannouchi, que sigue representando a la dictadura del RCD, partido de Ben Ali, que se resiste a abandonar el poder.

Movilizaciones en todo el país siguen demandando su salida y el sindicato mayoritario, Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), que en principio entrara en este juego del gobierno interino, ha hecho que todos sus candidatos dimitan en masa para permanecer al lado del pueblo. La organización sindical incluso ha propuesto crear un consejo de vigilancia de la revolución para contrarrestar las maniobras de desestabilización internas. De momento solo se trata de un proyecto que ya se podría estar materializando indirectamente con la autoorganización ciudadana, cuya máxima repercusión ha sido la creación de grupos de apoyo para defenderse de los ataques de las milicias benalistas, aún muy activas en todos los rincones del país.

El ejemplo más claro de que el pueblo está hoy más unido que nunca es la llamada ‘Caravana de la Libertad’, formada por personas de todas las partes del país que se han acercado sin complejos a la capital tunecina para acampar delante del palacio de la Kasbah hasta que hagan caso a sus reivindicaciones de ruptura completa con todos los vestigios de la dictadura. Pero la lucha no es solo política, sino también económica y social. La sociedad civil tunecina ha tomado el control de muchas fábricas y empresas en lo que significa una muestra evidente de que el fin último de esta revolución es garantizar el trabajo y la subsistencia del pueblo.

Manifestante tunecina pide la salida del RCD de Ben Ali – Flickr CC de Wassim Ben Rhouma

Panorama político incierto
Si hay una institución que ha salido reforzada, esa es la del ejército del general Rashid Ammar, al que muchos consideran una pieza clave para que Ben Ali dejara el poder al retirarle su apoyo y negarse a disparar contra el pueblo. Un crédito que se ha visto minimizado por el papel ambiguo que está jugando en esta transición por no proteger las manifestaciones pacíficas de la ‘Caravana de la Libertad’. En cualquier caso su papel en la sombra será fundamental para aquellas personas que pretendan acceder al poder en un futuro no muy lejano.

El regreso de líderes políticos exiliados durante los últimos años es la mejor garantía de que algo ha comenzado a cambiar en Túnez. Su papel a partir de ahora será fundamental para que triunfe la voluntad del pueblo y haya un futuro más esperanzador. En este panorama emergen varias figuras claves que pueden propiciar el deseado cambio. El delicado momento que vive el país lo simbolizó perfectamente el líder del Partido Democrático Progresista, Ahmed Bouazzi, actualmente en el gobierno interino, cuando expresó explícitamente lo que pensaba sobre la transición: “Estamos caminando sobre huevos”. Una frase que tiene especial relevancia al ser pronunciada desde el partido opositor legalizado que supuestamente tiene más apoyo popular.

Ahora el debate se centra en si es oportuno abrir el abanico a todos los actores políticos tunecinos, incluido al partido islamista Ennahda, al que con tanto recelo se mira desde Occidente. También está la duda de conocer el futuro del RCD, vetado recientemente, que ha dirigido los destinos del país durante estos últimos 23 años. Nadie duda que sus militantes entrarán en esta frenética carrera política con otro nombre porque resulta imposible obviar la presencia miles de personas que han caminado de la mano del régimen, la gran mayoría porque era la única manera de estar en una situación de privilegio.

El regreso a Túnez del líder islamista, Rached Ghannouchi, se produjo la semana pasada tras 20 años en el exilio. En sus primeras declaraciones afirmó que la ley islámica de la Sharia, que antaño defendiera, “no tiene sitio ahora en Túnez”, en lo que se considera una mano tendida para la reconciliación nacional. De hecho, no se espera ni siquiera que se presente a las elecciones con un candidato único, sino apoyando una determinada coalición. Para el profesor Kameel, que también ha estado en el exilio durante los últimos 15 años, “el modelo de Estado que podría inspirar a este movimiento sería el de Turquía”, aunque recalca que dentro de Ennahda hay “muchas corrientes diferentes, desde las que piden una mayor apertura hasta aquellas que se plantearon unirse a Ben Ali para estar legalizados”.

La fuerza de sindicatos y asociaciones vecinales también será fundamental para sentar las bases del nuevo Gobierno. El sindicato mayoritario en Túnez es la UGTT, el cual se está erigiendo en un actor más fuerte de lo esperado en este periodo post-Ali. Esta estructura sindical ha sido fuertemente reprimida durante los años más cruentos del régimen, por eso, según el profesor tunecino Kameel “es vital reforzar de nuevo estos movimientos para que el nuevo Gobierno pueda presumir de legitimidad”.

Otras fuerzas políticas que ya están moviendo ficha son: el Partido Comunista de Obreros Tunecinos, que lidera Hamma Hammami, de tendencia marxista-leninista, el cual fue ilegalizado y perseguido durante la dictadura; el Congreso para la República, de Moncef El Marzouki, representante de centro-izquierda poco conocido en Túnez, aunque cuenta con el apoyo de intelectuales y en su regreso declaró que “la revolución debía continuar” comparando el actual proceso a una “segunda independencia”.

En este colorario político también se incluyen los partidos ya legalizados, representados actualmente en el gobierno interino y a los que les podría pasar factura su presunta complicidad con el régimen: el Foro Democrático por el Trabajo y las Libertades, de Mustafá Ben Yafar; el Movimiento de la Renovación (Etajdid), único partido opositor con representación parlamentaria -dos escaños-, y el Partido Democrático Progresista, liderado por Maya Zribi, la única mujer al frente de una fuerza política en el país.

Cartel de entrada a Sidi Bouzid – Flickr CC by niqieg’s

Objetivo: revertir la hecatombe económica
Todas estas fuerzas políticas tendrán que saber responder al panorama económico que provocó la reacción y el cólera de la juventud tunecina y que luego se extendió al resto de la sociedad por la falta de libertades y violaciones de derechos humanos sistemáticos. La revolución no la provocaron ni Internet, ni las redes sociales, ni Wikileaks, aunque sí han sido herramientas muy potentes para visibilizar los acontecimientos. El levantamiento popular vino por el hambre endémica y un futuro a todas luces desesperanzador. El problema no era que no hubiera dinero, sino que la mayoría de recursos se los repartían unos pocos, y esos pocos casi siempre coincidían con los más allegados al clan formado por la familia Ali-Trabelsi.

Incluso los últimos datos del Banco Mundial, gran entusiasta del Gobierno de Ben Ali, indicaban que el 40 por ciento de la población controlaba el 70 por ciento de los ingresos nacionales, mientras que el 60 por ciento restante se tenía que conformar con el 30 por ciento. También el Fondo Monetario Internacional (FMI) alertaba el pasado mes de septiembre del gran desempleo existente en el país y las diferencias económicas entre las zonas costeras y las regiones del interior tunecino. Eso sí, al mismo tiempo destacaba que la crisis no le había afectado demasiado macroeconómicamente.

La tasa de desempleo entre la población con rango de edad entre 15 y 24 años es superior al 31 por ciento. Mientras la alfabetización en Túnez es del 78 por ciento (en comparación con el 60 por ciento que tiene Marruecos, por citar un país del entorno). De sus 10,4 millones de habitantes, un 29,54% tiene menos de 18 años y la media de edad del país se sitúa en 29,1 años, según datos de United Nations Population Fund -UNFPA. De hecho, ostentaría un envidiable 17º puesto a nivel mundial en su calidad del sistema de educación superior, según el informe de competitividad global (del neoliberal Foro Económico Mundial de Davos). Titulaciones que se convirtieron pronto en papel mojado frente a la indiferencia de un Gobierno que no les dejaba ni siquiera recurrir a la economía informal como método de subsistencia.

El último detonante que provocó el estallido de ira ciudadana fue el alza indiscriminada de precios en productos básicos, especialmente en los últimos meses de 2010. La Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) de Naciones Unidas anunció en enero que el índice de precios de alimentos subió en un 32 por ciento entre junio y diciembre de 2010. Se espera que los precios aumenten aún más durante el año entrante. En lo que va del año, a nivel global, el maíz ha subido en un 63 por ciento; el trigo 84 por ciento; la soya 24 por ciento; y el azúcar 55 por ciento. El índice de precios de los alimentos de la FAO, que mide los cambios mensuales de los valores de una canasta compuesta de cereales, oleaginosas, lácteos, carne y azúcar, marcó un máximo de 214.7 puntos en diciembre, por encima de un récord anterior de junio de 2008. Hasta los líderes mundiales en el Foro Económico Mundial en Davos han advertido que este descontrol genera riesgos de provocar más inestabilidad e incluso llevar a guerras.

El máximo paradigma de esta realidad incómoda lo simbolizó a la perfección Mohammed Bouazizi, un informático de 26 años que fruto de la desesperación y de la desidia se autoinmoló para protestar contra un sistema que le impedía vender frutas en la calle para llevar un poco de dinero a su familia . Lo que podría haber sido un incidente aislado caló de lleno entre miles de jóvenes de Sidi Bouzid y pronto se extendió al resto del país, con autoinmolaciones que imitaban la causa de un mártir que nunca quiso serlo, y que provocó que prendiera la mecha con protestas generalizadas en las que miles de jóvenes se sintieron por primera vez fuertes y sin nada que perder contra un régimen que hasta entonces les había ignorado e incluso masacrado cuando levantaban lo más mínimo la voz.

A esto se suma la enorme decadencia que sufre el país desde el inicio de la crisis mundial que ha provocado que las fronteras europeas estén más cerradas que nunca. Según varios analistas, las revueltas eran previsibles desde hace tiempo, debido a la presión creciente que sufre la región por parte de sus jóvenes, que tienen mayor conciencia de la situación de represión que vive el país debido a sus estudios y a que una gran parte ha vivido en Europa otra realidad a la que le presentan como inevitable en sus propias fronteras, como indica el politólogo marroquí Mohamed Tozy en Jeune Afrique.

El caldo de cultivo se había gestado tres años antes, en enero de 2008, con fuertes protestas en el pueblo minero de Redhayef, que ya predecían el gran malestar existente en la sociedad civil en esta zona por los bajos salarios y el desempleo rampante que asediaba al país. En aquella ocasión, las fuerzas de seguridad reprimieron con éxito las huelgas sin que trascendiera prácticamente al resto del país. Al menos 300 personas fueron arrestadas, según un informe de Amnistía Internacional, que ya entonces denunciaba la parte más oscura del “milagro económico” tunecino.

Transparency International evalúa la corrupción en Túnez de “severa”, con una nota de 4.3 sobre 10 y el Freedom House Index reconocía que en este país “no hay libertad”. La pregunta es obligada y dirigida a la línea de flotación de la diplomacia internacional, especialmente de EE.UU. y la Unión Europea. ¿Por qué esperaron a que cayera Ben Ali para darle la espalda? Aquí surgen muchas teorías y debates, teniendo gran calado aquellas que aseguran que el régimen autocrático tunecino era uno de los grandes aliados de la región en la lucha contra el islamismo. Poco importaba que la representación islamista en esta nación fuera prácticamente exigua y que tuviera poco arraigo entre la ciudadanía, lo importante era mantener el status quo estadounidense en el Magreb y Oriente Medio.

La ONU destapó esta complicidad en un informe que denunciaba la existencia de centros de detención secretos en territorio tunecino en la llamada ‘Guerra contra el Terror’, donde se prohibía hasta el acceso al personal de la Cruz Roja Internacional. Por supuesto Francia, antigua potencia colonial, y el resto de la Unión Europea también comulgaban con el benalismo en aras de conservar sus ingentes negocios en la zona y debido a los acuerdos firmados para implicar a la fuerzas de seguridad tunecinas en su lucha inhumana contra la migración clandestina.

Tampoco podían faltar las famosas recetas del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y sus famosos planes de ajuste estructural desde 1996 hasta 2009, con la supuesta intención de facilitar la integración de la nación árabe con la Unión Europea, a través de acuerdos de libre comercio, aceleración del programa de privatizaciones, mayor flexibilidad del mercado laboral, entre otras. El Banco Mundial no escondía en 2010 su entusiasmo con Ben Ali: “La principal razón de los buenos resultados logrados ha sido la estrecha cooperación con el Gobierno tunecino”.

En la actual coyuntura la sociedad civil tunecina tendrá que demostrar que la llamada ‘revolución de los jazmines’ no termina con la caída de un régimen, sino que es solo el comienzo para un cambio estructural más profundo, donde la población gane cada vez más espacios sociales, políticos y económicos.

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Publicado el 16/02/2011 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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